Países Bajos – Zaanse Schans

Al día siguiente de nuestra visita a Amsterdam tomamos un tren para visitar la mini-villa turísitca de Zaanse Schans. Es un lugar formado por molinos traídos de todos los rincones del país, además de otras casas-museo con los que descubrir cómo era antaño la vida en Holanda.

Cada molino tiene una función diferente

Cada molino tiene una función diferente

Cada museo tiene su nombre y su historia, con cientos de años de antigüedad a sus espaldas. Algunos se pueden ver por dentro y sirven para cosas distintas. Nosotros entramos en el Het Jonge Schaap (La Oveja Joven), un molino de viento para serrar madera.

Vistas desde la parte trasera del Het Jonge Schaap

Vistas desde la parte trasera del Het Jonge Schaap

Una de las casas-museo que más me gustaron fue la fábrica de zuecos. Tuvimos la suerte de ver en directo cómo hacían uno. El sitio estaba lleno de asiáticos (Holanda es un país muy conocido en Asia, y tuvo en el pasado una importante relación con Japón) y nosotros aprovechamos para “colarnos” y disfrutar del espectáculo que tenían reservado para tan exóticos visitantes.

Hay zuecos de todos los colores, tamaños y modelos

Hay zuecos de todos los colores, tamaños y modelos

Una panorámica desde el super-zueco (y no era el más grande que había)

Una panorámica desde el super-zueco (y no era el más grande que había)

Otro clásico de la cultura holandesa son los quesos. Aunque no soy un gran fan reconozco que tienen su punto. Entramos en otra de esas casas-museo donde en este caso nos enseñaron cómo trabajaban con los productos lácteos. Además, también vendían chocolate muy bueno.

La tienda de las maravillas

La tienda de las maravillas

La máquina del queso

La máquina del queso

Por haber había hasta una pequeña granja con animales de lo más simpáticos

Tuve tiempo para hacer un amigo

Tuve tiempo para hacer un amigo

Me sorprendió gratamente Zaanse Schans. Aunque es un lugar puramente turístico está muy bien para aprender un poco de cultura holandesa y de paso llevarse algún rico souvenir para la vuelta.

Países Bajos – Amsterdam

Una nueva tradición de nuestra vida dublinesa es la de aprovechar el puente de San Patricio (17 de Marzo) para hacer un pequeño viajecito. Hace dos años tocó la pintoresca Isla de Man. Este año he tenido la oportunidad de visitar por primera vez los Países Bajos, más en concreto, Amsterdam. He escuchado mucho hablar de Amsterdam y desde hacía tiempo que quería conocerla de primera mano.

Canales de Amsterdam

Toda la ciudad de Amsterdam está llena de canales. El Reguliersgracht, el canal de los siete puentes, es la zona más interesante de todas.

Una buena colección de Heinekens

Una buena colección de cervezas en la Heineken City Store

El intenso frío que hacía en Amsterdam en aquellos días de Marzo me impidió sacar más fotos de las que quisiera (cada una era una odisea). Del centro medieval me gustaría destacar sus museos y el Palacio Real (Koninklijk Paleis). Por lo general no soy muy bueno a la hora de analizar la arquitectura pero el Palacio me pareció francamente interesante. La cámara central estaba originalmente a ser un lugar de encuentro para los ciudadanos (en holandés burgerzaal), algo poco común.

El Palacio Real visto desde fuera

El Palacio Real visto desde fuera

Atlas sostiene el mundo sobre sus hombros. Las esculturas tenían como temática el lugar de Amsterdam en el mundo y habían estatuas dedicadas a los cuatro elementos

Atlas sostiene el mundo sobre sus hombros.

Otra bonita foto de un canal

Otra bonita foto de un canal

Como no somos turistas al uso no entramos en ninguno de los famosos coffee-shop donde la gente (principalmente turistas) se junta a fumarse marihuana, aunque sí pudimos oler a porro cada dos por tres. Aun así, nada molesto. Donde sí tomamos algo fue en los brown café que, a pesar de su nombre, no son cafeterías sino bares (algunos con más de dos siglos de historia) donde disfrutar de una deliciosa cerveza europea.

También estuvimos en un beer café. Uno muy curioso es el Brouwerij ‘t IJ, una microdestilería situada en un antiguo molino de viento.

Brouwerij ‘t IJ (Imagen tomada de thatdamguide.com)

Dos must-see de Amsterdam están relacionados con dos personajes fundamentales en la historia de la ciudad. Uno es, como no podía ser de otra manera, Vincent Van Gogh. Me encantó el Museo dedicado al genial pitor. Salí de allí bastante inspirado. A día de hoy me resulta fascinante pensar que únicamente dedicó 10 años a pintar profesionalmente y que en ese tiempo fue capaz de llegar a las más altas cuotas artísticas. Todo ello sin haber mostrado ningún síntoma de genialidad en sus primeros cuadros. Su genialidad fue el resultado de trabajo duro y horas y horas y más horas de dedicación a mejorar. Muy inspirador.

Otro personaje, mucho más trágico todavía que el torturado de Van Gogh, es Anne Frank. Despúes de tres intentos y algo de cola (el mejor momento para entrar es a partir de las 6 de la tarde) visité la improvisada casa en la joven Anne y su familia vivieron escondidos durante la ocupación nazi. El lugar me produjo bastante solemnidad a pesar de tener que compartirlo con algunos ruidosos turistas (bastantes españoles, para mi vergüenza). A pesar de que es un lugar marcado por la tragedia recomiendo visitarlo. Creo que a cada persona le dará algo sobre lo que reflexionar.

Otro must-see bastante más agradable es el Vondelpark, no muy lejos de la zona de los museos. La última tarde en Amsterdam, cuando el clima nos dió algo tregua y al sol le dio por salir, la pasamos en una terraza de este extenso parque.

Me fui de Amsterdam con la sensación de que no me importaría vivir allí alguna vez. Tiene un ambiente muy agradable, una oferta cultural muy variada y a nivel de tranporte  me parece que Holanda está muy bien comunicada, tanto dentro de las ciudades como entre ellas (similar a Bélgica, a la que se puede llegar con gran facilidad y a un coste razonable). Espero poder volver en el futuro a los Países Bajos, ya que me ha quedado pendiente sitios como La Haya y Utrecht (además de que me gustaría pasar un poco más de tiempo en la parte rural).

Cote d’Azur (Riviera francesa): Cannes

Viernes 18 de Julio. La primera ciudad que visitamos fue Cannes. Al igual que en otros viajes como nuestra aventura en Creta optamos por hacer las visitas de rigor a la mañana e ir a la playa por la tarde. Como comprobaríamos luego, no fue la mejor opción porque patearse la ciudad a 28º no es nada sencillo (casi pillamos una insolación el primer día).

A pesar de que Cannes estaba relativamente cerca de nuestro hotel nos llevó casi una hora llegar. Primero nos pilló un atasco importante en Le Cannet, un pueblo que teníamos que cruzar sí o sí para llegar a Cannes. En el trayecto hubo lugar para la tensión cuando me metí en un peaje por un puesto no válido para mí (ponía Reservé). Aprendimos que el truco es ir por los que ponen Automatique y tirar las monedas en la cesta.

Vista de la playa de Cannes

Vista de la playa de Cannes

Aunque Cannes no me decepcionó ni mucho menos, debo reconocer que tenia en mi cabeza otra imagen de la ciudad. No la encontré muy distinta de otras ciudades del Levante español. El paseo del Boulevard de la Croisette me recordó a mis veranos en Benidorm cuando era pequeño. Eso sí, con más glamour.

La ciudad estaba abarrotada de gente. Aparcamos en el parking del Palais des Festivals et des Congrès, donde cada año tiene lugar el célebre Festival de Cine de Cannes. Nada más salir del parking nos encontramos de morros con la famosa alfombra roja y justo en frente el Puerto de Cannes, lleno de yates a cada cual más impresionante. Aunque no seas muy aficionado a la náutica, merece la pena darse un paseo por el puerto y deleitarse con estos reyes de los mares.

Con Sharon Stone

Con Sharon Stone

Otra cosa que no te puedes perder es la Esplanade des Allies, llena de placas con los manos de las estrellas invitadas al festival durante principios de los 90. Está gente como Sharon Stone, Michael Douglas o el gran Jean Claude Van Damme.

Otro punto que no te puedes perder es el paseo por la playa en el mencionado Boulevard de la Croissete. La calle está llena de tiendas glamurosas como Armani, Channel, … y en la playa hay partes públicas y partes privadas. Teníamos la intención de llegar al Pointe de la Croissete, que aparecía recomendado en mi guía pero después de patearnos la playa bajo un sol infernal y no estar seguros de si lo habíamos encontrado decidimos volver al centro.

Un tanto destrozados nos pasemos por la calle Meynadier para buscar un lugar donde comer algo. El sitio al que queríamos ir acababa de cerrar así que entramos en el de al lado, que se llamaba La Farigoule. La comida estaba bastante bien y el trato fue muy bueno pero por las bebidas (una cocacola y una botella de agua) nos cobraron la friolera de 10 euros. Por la comida 18 así que no salió tan mal pero nos dejó algo sorprendidos. Luego veríamos que es una constante en la mayoría de restaurantes el cobrar tanto por la bebida.

Entrada a la Rue Meynadier

Entrada a la Rue Meynadier

Tras reponer fuerzas  subimos por Le Suquet (la zona vieja de la ciudad) para llegar a la iglesia de Notre-Dame-d’Espérance. Lo más interesante de este alto lugar son las hermosas vistas a la ciudad y a la costa.

Visto esto nos pusimos rumbo con el coche a Theole-sur-mer. Para la gente que va con más tiempo una excursión recomendada es ir en barco a las Islas de Lérins pero nosotros tuvimos que dejarlo para otra ocasión.

 

Cote d’Azur (Riviera francesa): Preparativos y viaje

Con las siguientes entradas hago un pequeño parón en mi especial sobre Japón para hablar de nuestro reciente viaje a la Costa Azul (Riviera Francesa). Era algo que nos apetecía hacer desde hace tiempo y por fin llegó el momento. El plan era visitar las principales ciudades: Niza, Cannes, Mónaco y Antibes. Todo ello de viernes a lunes (salimos el Jueves 17 por la noche desde Dublín con destino Niza).

Esta vez tocó guía Michelin

Esta vez tocó guía Michelin

Para no viajar a ciegas me compré una guía. Por desgracia no hay guía de la Riviera Francesa en Lonely Planet así que opté por la Guía Michelin. La guía está bastante bien para conductores, porque propone rutas alternativas en los mapas, pero a nivel de callejeros únicamente aparecen las calles principales y nos perdimos unas cuantas veces durante el viaje.

Establecimos como “base de operaciones” el Ibis Hotel, a las afueras de Antibes. La relación calidad-precio era bastante buena. A pesar de que la habitaciones eran algo pequeñas, el desayuno venía incluido y estaba bastante bien. Entre las cosas buenas a destacar está el parking cubierto gratuito que ofrece el hotel a sus inquilinos. No hay muchas plazas pero fuimos en pleno Julio y no tuvimos problemas para aparcar ningún día. Otra cosa a destaxar es la localización, cerca de Cannes, Niza, Antibes y el aeropuerto. Entre las cosas malas diría que la recepción de wifi en la habitación no era muy buena. Cuando quería conectarme por lo general me bajaba al vestíbulo.

Como íbamos a movernos por la Riviera alquilamos un coche. Elegimos la compañía Alamo, que en Francia está operada por Europcar. Con respecto al aquiler hay que tener dos cosas en cuenta:

  1.  Aunque aterrizamos en la Terminal 1, los coches se recogen en la T2 (hay un bus gratuito para desplazarse por el aeropuerto)
  2. Al menos el día que recogimos el coche, el estante de Europcar estaba a rebosar y tuvimos que esperar más de una hora en la cola. El resto de estantes estaban bastante vacíos y tampoco es que haya tanta diferencia de precio así que lo estudiaremos para la próxima vez.

LLegamos a nuestro hotel entrada la noche así que el jueves no tuvimos tiempo para salir por ahí.

El de la derecha no estaba nada mal pero se nos iba de presupuesto

 

Viaje a Japón, el País del Sol Naciente (IV). Día 3: Asakusa, Ueno y Akihabara

9 de Octubre

Para nuestro tercer día nos tocó apañárnoslas sin nuestra amiga Misato. A partir de este momento en el viaje la guía Lonely Planet se convirtió en una compañera inseparable. El primer barrio que fuimos a visitar fue Asakusa. Para llegar hasta allí tomamos la línea Ginza en la convenientemente interconectada estación de metro de Daimon, cerca de nuestro hotel.

El barrio de Asakusa es lo más cercano que se puede estar en Tokio al Japón feudal, cuando a la ciudad se la conocía como Edo. El monumento más célebre de Asakusa es el templo de Senso. Para llegar hasta él desde la estación de metro de Asakusa hay que cruzar la puerta del Trueno (Kominarimon). Tras la puerta está Nakamise-dori, una calle comercial llena de tiendas de souvenirs y de comida. En una de estas compramos las típicas sandalias japonesas. También tenían réplicas de papel del gran farol rojo del templo pero eran bastante grandes y teníamos miedo de que se rompiesen en la maleta.

Senso-ji

Senso-ji: El famoso templo está dedicado a Kanon, diosa de la misericordia

Para entrar en el recinto de templos de Senso-ji hay que cruzar otra puerta, la de Hozo-mon. El lugar está siempre a rebosar, principalmente japoneses de todas partes del país pero tambíen bastantes extranjeros (fue uno de los pocos momentos del viaje donde noté una alta concentración de turistas). Frente a la entrada principal del templo hay un caldero gigante donde se acumula la gente para restregarse el humo que emana, del que se dice que tiene propiedades curativas.

En el recinto de templos hay una pagoda de cinco pisos, reconstrucción de una antigua. Es la segunda pagoda más grande de Japón. 

Unas jóvenes niponas se reunen en torno al caldero. En el recinto de templos hay una reconstrucción de una pagoda. Tiene cinco pisos y es la segunda pagoda más grande de Japón.

Además de Senso-ji en el recinto hay otros templos menores y también está el Santuario de Asakusa (Asakusa-jinja). Una vez vistos los templos nos apetecía alejarnos un poco del bullicio. Para ello lo mejor es perderse por las callejuelas de los alrededores. Paseando por ellas me sentía dentro de una viñeta de manga. En nuestro caminar nos encontramos con Kobayashi, un señor japonés muy simpático cuyo conocimiento de la cultura española me dejó anonadado. Incluso sabía cosas en nuestro idioma. Kobayashi, que creo recordar que vivía por Ueno, nos contó que le gustaba mucho pasearse por Asakusa para poder charlar con gente que venía de otras partes del mundo. Nosotros le hablamos un poco de los planes que teníamos, en concreto de la excursión que teníamos planeada para ir a ver Nikko. Kobayashi nos advirtió que nos abrigasemos bien, porque aunque en Tokio el clima era muy agradable en el norte hacía más frío. ¡Mucha razón tenía!

Para recuperar fuerzas fuimos a comer al Sometaro, un restaurante okonomiyaki, que en japonés significa “cocina lo que quieras” (y a un precio asequible). Lo que haces es sentarte frente a un teppan (hornillo de hierro) y con una espátula cocinas una especie de tortita o crepe hecha de los ingredientes que le quieras poner. Aunque puedes pedir que lo hagan para ti, nos explicaron un poco cómo iba y lo hicimos nosotros mismos, que fue más divertido. Hablando de comida, en Asakusa está Kapabashi-dori, la famosa calle llena de escaparates que muestran réplicas de plástico de toda clase de platos. Estas réplicas se utilizan en muchos restaurantes nipones como muestras del menú.

Nuestras deliciosas tortitas

Nuestras obras de arte en el okonomiyaki

Ameya Yokocho

Ameya Yokocho

La tarde la pasamos en Ueno, al que llegamos con la línea Hibiya de metro. Lo primero que hicimos fue pasear por las concurridas calles de Ameya Yokocho, en frente de Ueno-koen (parque de Ueno). Ameya Yokocho era durante la Segunda Guerra Mundial el principal mercado negro de la ciudad.

Al atardecer nos dedicamos a pasear por el impresionante parque de Ueno, donde uno puede escapar un poco del asfalto y el ajetreo de la ciudad (algo que, por otra parte, nunca me resultó especialmente asfixiante). Tomamos el camino principal para llegar al Museo Nacional de Tokio, que está en el interior del parque, aunque nos desviamos en un par de ocasiones para ver algunos de los santuarios que hay desperdigados por la zona.

Una colegiala nipona reza frente al santuario

Una colegiala nipona reza frente al santuario

 El Museo de Tokio es la mejor elección si se quiere conocer bien el arte nipón. La sala principal es Honkan. En un momento de la visita pude poner en práctica mi más que reducido japonés con una de las guías del museo y ella muy amablemente me felicitó por mi acento. A la salida del museo nos detuvimos a contemplar las lámparas que iluminaban el parque. La noche empezaba a caer y aun nos quedaba la parte estelar del día, así que tomamos la línea Yurikamome JR en la estación de Ueno para llegar a la Ciudad Electrónica de Akihabara.

En la ciudad electrónica confluyen los dos pilares de la cultura moderna japonesa que han conquistado al mundo occidental: la electrónica y el manga. Aunque todo lo que vi en Japón mereció la pena, para mi Akihabara está en el Top-3 de mi estancia. Bulliciosa como pocas y recargada de estimulos visuales, por si sola ya justifica el comprarse un billete al país del Sol naciente.  Un auténtico geek como yo se sentía en casa rodeado de inmensos complejos con tiendas y máquinas recreativas.

Akihabara de noche tiene un encanto especial

Akihabara de noche tiene un encanto especial. Aunque de día también merece la pena.

Aunque de tanto trajín estábamos reventados eso no nos privó de visitar algunas de las mejores tiendas de la zona. Entre ellas estaba el Tsukumo Robboto O-koku (uno de los “Reinos” del edificio Tsukumo). En este establecimiento se puede adquirir kits para montar tu propio robot. Despúes de darle varias vueltas me compré uno de un escarabajo mecánico. Aun tengo que montarlo y por ahora sigue a buen recaudo en su caja.

Yodobashi Camera, lugar fundamental para los fans de la fotografía

Yodobashi Camera, lugar fundamental para los fans de la fotografía

Otra de las tiendas imprescindibles de Akihabara es el Mandarake Complex, un impresionante edificio de seis plantas donde cada una está dedicada a un estilo manga distinto. Hay shonen (aventuras y acción), shojo (para chicas) e incluso una planta de hentai (el porno). Además de manga hay figuritas, cartas, juegos y cantidad de merchandising. Tras preguntar a varios empelados si alguno sabía inglés al final conseguimos algo de ayuda y Marta pudo comprarse varios volúmenes de su manga preferido: Chii Sweet Home. Luego deambulamos un poco por otras tiendas más pequeñas, donde Marta se compró una memoria para su cámara a un precio muy bueno.

Al día siguiente nos esperaba toda una excursión a Nikko y había que descansar por lo que regresamos pronto al hotel.

Viaje a Japón, el País del Sol Naciente (III). Día 2: Odaiba, Shibuya, Harajuku y Shinjuku

8 de Octubre de 2013

Nuestro segundo día fue incluso más movido que el primero. Esta vez Misato nos llevó a Odaiba, una isla artificial situada al sur de la ciudad, en la Bahía de Tokio. La isla de Odaiba está unida a Tokio por el Rainbow Bridge, un puente que recuerda un poco a los de Nueva Yorkse ilumina por las noches con bonitos colores, pero lo más cómodo para los turistas es usar la línea Yurikamone, que parte de Shimbashi. Lo curioso de este tren monorrail es que no tiene conductor; te puedes sentar en el vagón de delante y disfrutar con todo lujo de detalles del camino. La Yurikamone recorre la pequeña isla y te puede dejar en varios rincones de la misma.

Odaiba tiene sus orígenes en tiempos del shogunato Tokugawa, cuando era una fortificación de defensa, pero actualmente es un centro de ocio y tiendas. Como principal reclamo tiene el Tokyo Joypolis y el Toyota Mega Web. Sabiendo que habíamos venido a Tokio buscando intensas experiencias, Misato nos llevó al Joypolis, un centro lleno de recreativos y atracciones construido por la mítica compañía nipona SEGA. Allí echamos toda la mañana conduciendo coches, desafiando el vértigo y huyendo de Sadako Yamamura. Así aprendí el significado de la frase “kuri kuri kuri!” (algo que se podría traducir como “¡corre corre!”) de boca de unas colegialas que huían desesperadas de la terrible Sadako. Creo que prácticamente nos montamos en todas las atracciones. Para los fans de los videojuegos es visita obligada.

Sonic nos da la bienvenida (Joypolis)

Sonic nos da la bienvenida (Joypolis)

Rainbow Bridge y Estatua de la Libertad (un regalo del gobierno americano)

Rainbow Bridge y Estatua de la Libertad (un regalo del gobierno americano)

La Estatua de la Libertad no está nada mal pero cuando uno ve el pedazo de robot de Gundam que hay en Odaiba se queda sin palabras. No soy un seguidor de la serie pero sí me gusta el género robots (Transformers, Robotech), por eso para mí este es uno de los monumentos que más me ha emocionado ver nunca.

Para reponer fuerzas fuimos a un gran comedor donde había pequeños restaurantes con diferences ofertas culinarias. El plato que tocó probar fue el takoyaki, que consiste en bolas de harina rebozadas que van rellenas de pulpo. Son muy famosas en Japón y a mí me gustaron mucho, tanto, que las comí varias veces durante el viaje.

Gundam

Gundam. Todo un icono en Japón

Nuestros "barcos" de takoyaki

Nuestros “barcos” de takoyaki

La tarde-noche la pasamos visitando lo que yo llamaría la ¨trinidad del japon moderno”: Shinjuku, Harajuku y Shibuya. Aunque me hubiese gustado ver el Puente Arcoiris iluminado, no nos quedaba mucho por visitar en Odaiba y realmente Shinjuku y Shibuya merece la pena verlas de noche. Empezamos en Harajuku, célebre por ser el ser barrio donde los jóvenes modernos y las lolitas japonesas se pasean luciendo su particular sentido de la moda. Pablo, un amigo que vive en Japón desde hace más de 7 años, me comentó que estas extravagantes chicas son por lo general de los alrededores de Tokio y les gusta pasearse por la calle Takeshita para lucirse en condiciones. Me quedé con ganas de sacarles unas fotos pero preferí evitar cualquier problema, no sea que alguien se ofendiese.

En Harajuku hay tiendas de ropa y complementos muy curiosos, aunque para alguien de corte clásico como yo me temo que no eran mi estilo. Entre las tiendas más interesantes está el Oriental Bazaar, un establecimiento de dos pisos donde se pueden encontrar toda clase de souvenirs para llevar a la familia. Allí compramos, entre otras cosas, unos preciosos vasos de madera para beber sake y unos yukata (kimonos japoneses) para las chicas de nuestra familia. Misato, que no conocía la tienda, también le compró uno a su hermana y otro a su madre, así entendemos que malos no serían.

En Harajuku nos tomamos unos deliciosos gofres de frutas, helado y chocolate. Pero esta foto es una réplica de plástico. Estas réplicas son muy típicas de Tokio

En Harajuku nos tomamos unos deliciosos crepes de frutas, helado y chocolate. Pero esta foto es una réplica de plástico. Estas réplicas son muy típicas de Tokio

Despúes de Harajuku le llegó el turno a Shibuya. Como gran fan de la película Lost in Translation, tenía mucha ganas de estar en el famoso cruce de Shibuya y también me hacía ilusión ver la estatua del perro Hachiko, punto de referencia donde mucha gente se reúne. Nada más salir de la estación de tren te quedas anonadado. Aunque era martes las avenidas estaban a rebosar; había luces, ruido y gente por todas partes. Misato nos comentó que los sábados es incluso mucho más bullicioso. Yo me pasé casi todo el tiempo con la cabeza en alto para apreciar los neones de los rascacielos que nos rodeaban y sacándole fotos a todo.

Grabé un vídeo del cruce desde lo alto de la estación de tren de Shibuya, que es un magnífico lugar para tener una buena perspectiva de como el cruce se llena de gente al abrirse los semáforos. Por supuesto que también pasé el cruce yo mismo (de nuevo, con vídeo incluido). No estuvimos  tanto tiempo en Shibuya como nos hubiese gustado, pero nos dio tiempo a ver lo principal.

Shibuya (Tokio)

Shibuya (Tokio)

Había que darse prisa para que no se nos hiciese muy tarde en Shinjuku, otro de los barrios míticos de Tokio. Shinjuku está dividido en parte Este y en parte Oeste, separadas por la Estación de Shinjuku, que es la más transitada del mundo. Aquello era un caos de gente corriendo a todas partes y nosotros detrás de Misato zigzagueando entre la gente. Aun no sé cómo salimos “vivos” de allí, aunque es una pasada.

Esa noche nos centramos en la parte Oeste, donde se hay toda clase de rascacielos futuristas que albergan oficinas. Entre ellos está el Tokyo Tocho, el Edificio de oficinas del Gobierno Metropolitano. Lo bueno de este edificio es que se puede subrir gratis a sus torres para tener una vista preciosa de la ciudad de noche.

El Tokyo Tocho estaba ilumunado de rosa en apoyo a la lucha contra el cáncer de mama

El Tokyo Tocho estaba ilumunado de rosa en apoyo a la lucha contra el cáncer de mama

Salaryman tokiotas volviendo de la oficina (a las nueve de la noche)

Salaryman tokiotas volviendo de la oficina (a las nueve de la noche)

Después de dos días fantásicos con Misato nos tocó despedirnos, con la promesa de que volveríamos a vernos la última noche antes de nuestra partida.

Viaje a Japón, el País del Sol Naciente (II). Día 1: Daimon, Tsukiji, Palacio Imperial, Iidabashi y Ginza

7 de Octubre de 2013

Para nuestro primer día en Tokio tuvimos a una anfitriona sin igual; mi amiga Misato, a la que conocí en clases de inglés en el verano de 2008. ¿Quién nos iba a decir que 5 años después nos recontraríamos en la otra punta del mundo? Misato, que actualmente vive en Suiza, residía por las fechas de nuestro viaje en Tokio y durante el tiempo que tuvo libre nos llevó de tour por la ciudad. Quedamos por la mañana, en la puerta de nuestro hotel, situado en Daimon, entre Shimbashi y Roppongi.

En Daimon, del que más tarde descubriríamos que hay una estación de metro con muchos enlaces, visitamos nuestro primer templo. Luego Misato tuvo la brillante idea de llevarnos al templo Zojoji. Había leído sobre este templo en la guía pero eran tantos los sitios que pretendíamos ver que lo había desechado. Menos mal que al final lo vimos porque fue uno de mis preferidos, especialmente por sus vistas a la Torre de Tokio.

Zozoji (y la Torre de Tokio)

Zozoji (y la Torre de Tokio)

20131007_101930

En el recinto del templo había una particular colección de estatuas Jizo, espiritus que se encargan de guiar a los viajeros y a los niños

De camino para ir a comer al centro de Tsukiji pasamos por Hama Rikyu Onshi Teien (Jardin del Palacio Aislado). En este jardín de nombre tan sugerente los árboles estaban cuidados con un gusto exquisito y un detalle máximo. Muy japonés. Había tan bien casas donde disfrutar del té y de las hermosas vistas. Misato nos llevó a una y nos explicaron la ceremonia del té. Todo comenzaba tomándose unos dulces, que debían expandirse bien por el paladar para mitigar el sabor amargo del té, que me llamó la atención por lo verde y espeso que era.

Casa del té en Hama Rikyu Onshi Teien

Casa del té en Hama Rikyu Onshi Teien

Tomando los dulces

Tomando los dulces

Más adelante fuimos a la lonja de pescado de Tsukiji, famosa por ser la más grande del mundo. Los mercados de Tsukiji están a rebosar de actividad con la venta de pescado y otros productos, aunque en ningún momento me resultó agobiante. Eso sí, hay que estar atento porque de vez en cuando pasan operarios con máquinas para trasladar mercancías. Además de mercados, en la zona también hay buenos restaurantes donde desayunar sushi.

Después de pasearnos por la zona Misato nos invitó a comer en el restaurante de sushi donde ella trabajaba por aquel entonces. Nos sirvieron un festín con toda clase de sushi, además de sopa, arroz y otras cosas. Nos encantó y nos llenó de fuerza para continuar nuestra visita.

El mercado de Tsukiji

En el mercado de Tsukiji

Nuestro festín

Nuestro festín

Ya con las fuerzas repuestas pusimos rumbo Kokyo, el Palacio Imperial donde reside la familia real japonesa. El Palacio es totme intalmente hermético y sólo una pequeña parte está accesible al público pero nosotros tuvimos la mala suerte de que incluso la zona abierta estaba cerrada aquel lunes. Sólo pude fotografiar un poco de las murallas. Por fortuna, al norte del palacio estaba el famoso Budokan y, aunque estaba en obras en los alrededores, sí pude acercarme a tomar foto.

El Budokan es un particular recinto donde se celebran campeonatos de artes marciales, pero es conocido en occidente por melómanos como yo por haber celebrado conciertos. Mi preferido es el Live at Budokan de Cheap Trick. Un año atrás había comprado el álbum en vinilo en una tienda de Nueva York y ahora estaba en el lugar de los lechos. ¿Qué más podía pedir? También debo confesar que lo conocía desde pequeño por el videojuego de PC Budokan: The Martial Spirit, al que dediqué muchas horas cuando era un chavalín.

Después Misato tuvo la generosidad de venir con nosotros al Santuario Yasukuni, un lugar un tanto polémico en Corea y China, enemigas históricas de Japón. Sin entrar en cuestiones políticas, el Santuario me pareció bonito, aunque tratamos de no estar mucho tiempo allí porque es un santuario por y para los japoneses. Exahustos tras la cena, nos despedimos para volvernos a ver al día siguiente

Lo único que aprecié del Palacio Imperial fueron sus murallas

Lo único que aprecié del Palacio Imperial fueron sus murallas

En frente del Budokan

En frente del Budokan

Yasukini-Jinja. El mon (emblema) del santuario es un crisantemo, que representa a la familia imperial japonesa

Yasukini-Jinja. El mon (emblema) del santuario es un crisantemo, que representa a la familia imperial japonesa

Ya entrada la tarde nos adentramos en las luminosas calles de Ginza, con su característico look occidental y sus tiendas de lujo. Yo me lo pasé como un enano en Hakuhinkan, una gran tienda atiborrada de juguetes y figuritas donde había un tremendo scalextric y en la que pasamos más de una hora deambulando de estante en estante. También fuimos a una bonita tienda de palillos llamada Natsuno, donde compramos varios pares de palillos con un graciosos “demonios” pintados para que nos diese salud y suerte en los negocios.

Por la noche Misato nos llevó a cenar a otro restaurante, de nuestros preferidos durante la estancia. Una mujer nos indicó que nos cambiásemos nuestros zapatos por unas zapatillas de andar por casa y nos acompañó a la mesa. Eran mesas bajas donde la gente se sienta sobre cojines con las pierndas cruzadas, pero bajo las mesas había un hueco por lo que uno podía simplemente sentarse en el suelo al estilo occidental (que resulta más como cuando se está cansado de tanto andar).

Frente a nosotros, dos mujeres japonesas estaban teniendo una animada conversación mientras bebían unas cervezas. Resulta que en Japón la gente tiende a ser más callada que en España pero no mucho más que como se pueda creer. Los japoneses también tienen sentido del entretenimiento y la fiesta y disfrutan de tomarse algo con los amigos mientras intercambian palabras y risas.

Ginza

Ginza

En Natsuno, la tienda de palillos (Ginza)

En Natsuno, la tienda de palillos (Ginza)

Como guinda a la noche Misato nos mostró el Kabuki-za, el célebre teatro de Ginza

Como guinda a la noche Misato nos mostró el Kabuki-za, el célebre teatro kabuki de Ginza